Jordi González
Fundador y editor de TriSpain. Más de 30 años vinculado a la organización y desarrollo del triatlón y el multideporte. Director de Challenge Canarias y vinculado a Challenge Family desde 2004.
Cuando empezamos en este mundo, en los años 90, decir que trabajabas en un IRONMAN obligaba casi siempre a explicar qué era un IRONMAN.
Había que empezar por las distancias: 3,8 kilómetros nadando, 180 en bicicleta y una maratón. Y después explicar por qué alguien podía querer hacer algo así.
Era otra época. Había muy pocas pruebas IRONMAN en el mundo y para la mayoría de nosotros Hawái parecía estar lejísimos. No solamente en kilómetros. Llegar a Kona era llegar a un lugar casi inaccesible, reservado para unos pocos.
IRONMAN era entonces mucho más una aventura que una industria.
Más de treinta años después, el deporte ha cambiado completamente.
IRONMAN se ha convertido en una de las grandes marcas del deporte de participación mundial. Hay carreras por todo el planeta, miles de triatletas viajan cada año para competir y alrededor de cada prueba existe una enorme actividad económica vinculada a hoteles, vuelos, bicicletas, entrenamiento y turismo.
También apareció algo que en aquellos primeros años simplemente no existía: IRONMAN 70.3.
Nosotros hablábamos de media distancia. Hoy, para una enorme cantidad de deportistas, 70.3 es una marca reconocible por sí misma. Es curioso escuchar a alguien decir que “ha hecho un Ironman” cuando en realidad ha terminado un 70.3. Pero quizá eso sea también una demostración extraordinaria del poder que ha alcanzado la marca.
IRONMAN ya no es solamente una distancia. Es una identidad.
Evidentemente, crecer tiene consecuencias.
Aquella cercanía casi artesanal que existía entre organizadores, atletas y pruebas es mucho más difícil de mantener cuando gestionas una organización global, con decenas de eventos, miles de participantes y enormes intereses comerciales.
Creo que por el camino se ha perdido parte de aquella proximidad al triatleta.
Pero sería injusto no reconocer lo que se ha ganado.
La imagen de las carreras, la profesionalización de la organización, la comunicación, el branding y, sobre todo, la capacidad de convertir el triatlón de larga distancia en un producto deportivo conocido internacionalmente están a años luz de lo que teníamos entonces.
Y en medio de toda esa transformación hay algo que, para mí, permanece prácticamente intacto.
Hawái.
Kona continúa teniendo algo diferente.
Porque allí empezó prácticamente todo. Porque llevamos décadas viendo esas imágenes de lava, viento, calor y atletas completamente al límite. Porque generaciones diferentes de triatletas han crecido queriendo estar algún día en esa línea de salida.
Y porque todos recordamos los grandes nombres que han ganado en Hawái.
Pueden pasar los años, cambiar las carreras, las distancias, los formatos e incluso la propia estructura de este deporte. Pero haber ganado en Kona queda para siempre.
Y probablemente eso explique mejor que cualquier campaña de marketing lo que significa Hawái para la larga distancia.
IRONMAN puede seguir cambiando. Puede cambiar de propietarios, crear nuevas distancias, modificar sus campeonatos, crecer como compañía y continuar expandiéndose por el mundo.
Seguramente también nosotros seguiremos discutiendo sobre si el IRONMAN actual es mejor o peor que aquel que conocimos en los años 90.
Pero mientras exista esa carrera en aquella isla, hay algo que será difícil de cambiar:
Hawái seguirá siendo Hawái.
